Vidas y negocios fragmentados
Toda esta historia de la pandemia ha acelerado procesos sociales. Procesos que ya estaban presentes en nuestras vidas. Hemos ido viendo cómo el paisaje en el que nos desenvolvemos se ha ido fragmentando y atomizando cada vez más. Las restricciones que se han ido aprobando este año 2020 han reforzado lo individual frente a lo colectivo.
Han ido recortando los pocos espacios que nos quedaban. Han convertido nuestras vidas en un engranaje reproductivo: trabajar-comer-descansar-trabajar, muchas veces todo ello en el mismo espacio: en casa.
Grandes agencias transnacionales se encargan de poner la pomada nutriéndonos telemáticamente de todos los sustitutos de socialización necesarios para evadirnos en nuestro tiempo de ocio.
Sopa de anglicismos. Delivery, take away, packaging
De un día para otro anglicismos como delivery y take away se han instalado en nuestras vidas. El nuevo escenario de cierre de la hostelería nos ha empujado a reinventarnos y a agarrarnos a la “comida para llevar” como forma de supervivencia.
El problema es que este nuevo modelo de negocio nos frustra. Nos agarramos a él y a nuestra tienda porque es lo que hay y parece que hasta tenemos que dar las gracias pero la verdad es que nos deja una sensación muy amarga.
El todo es más que la suma de las partes
Cuando creas un espacio de experiencias como es un bar o un restaurante, lo haces pensando en la sensación orgánica de un supuesto cliente que te viene a visitar. Cada detalle cumple una función en tu cabeza. La decoración, la luz, la música, el trato que les das, son partes de esa experiencia holística.
En ese ambiente, que has diseñado y construido con mimo, los productos que le ofreces cobran sentido y culminan la experiencia, vienen a poner la guinda del pastel.
Con esta situación sobrevenida es como si el cliente se llevase a casa una guinda correctamente empaquetada de un pastel inexistente. Es como si se nos obligasen a cortarnos un dedo y ofrecerlo como muestra de nuestra identidad.
Por no hablar del hecho de que se te priva del control del proceso integro de tu servicio. Ponemos todo el esfuerzo en la elaboración de la comida para llevar, para que el dedo amputado se vea lo mejor posible en su cajita.
También en afinar la coordinación con el cliente y en minimizar el tiempo entre que sale de nuestra cocina y llega a manos de éste. Lo que no sabemos es el estado en el que llegan a la mesa los platos después de un empaquetado, un tiempo de traslado, y un nuevo emplatado. Perder de vista esto y la reacción y feedback del cliente, además de generarnos incertidumbre, alienan nuestro trabajo y lo convierten en algo frío y mecánico.
Escalofríos
Y de ahí que nos entre como un escalofrío cada vez que dejamos ir una parte de nosotros, alienada, desgajada del todo que le da sentido. El escalofrío responde al miedo de que juzguen tu parte y la confundan con el todo.
Ese todo que todos los negocios nos hemos preocupado en que sea diferencial y personal y que ahora simplemente es, en el mejor de los casos, algo superfluo y, en el peor, un coste fijo inasumible.
Queremos ser más que expendedores de comida para llevar
De ahí, en parte, viene la idea de añadir a nuestros pedidos el código de Spotify con la lista de reproducción de El Retro. Es una de las maneras que se nos ha ocurrido para que la experiencia se acerque más a ese todo que el cliente tiene cuando nos visita en Sarriguren.
Está claro que no es lo mismo ni de lejos, pero algo habrá que hacer con el tiempo que nos queda entre currar y patalear.
Solo esperamos que nos dejen mostrarnos en nuestra totalidad y no limitarnos a estas versiones amputadas. Solo queremos que el bar vuelva a ser un espacio de gozo y socialización y no una sucursal expendedora de comida para llevar para el consumo privado.
.
.
Mejor explicado imposible, fácil entendimiento y muy natural lo comentado, gracias por la información webmaster