Loreak es el primero de una serie de cuentos escritos bajo el nombre de GluGlu. Lo compartimos con vosotros digitalmente hoy.
Entretenimiento

Loreak

Loreak es el primero de una serie de cuentos escritos bajo el nombre de GluGlu. Lo compartimos con vosotros digitalmente hoy.

A partir de mañana, podéis coger un ejemplar en el local de recuerdo, junto con vuestras compras de vino.

Es una tirada de 75 libretos que se han a autoeditado gracias a Alberto de El mono revista cultural y a La guillotina.

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“Sí, estoy sola, no hay nadie conmigo”.
El duro gesto de la matrona cambió de inmediato por uno de cariño y protección y le agarró de la mano.

El parto fue bien. Rosa no tenía nada ni a nadie. Sólo la casa del pueblo, heredada, un Renault 5 destrozado y el amor por sus plantas. Se hacía
tarde y la enfermera estaba a punto de llegar con los papeles del registro. Su hija se llamaría Lorea.

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Madre, hija y plantas crearon un ecosistema frágil y bello en el que todo parecía funcionar. Echaron raíces en el pueblo. Consiguieron una rutina:
colegio, trabajo, actividades, hacer recados, cenar, dormir y vuelta a empezar.

Les gustaba pasar tiempo juntas. Regar al anochecer. Escuchar Pink Floyd en el radiocasette. Leer. Hacer puzzles gigantes con los que iban ocupando mesas y lugares de la casa, por pena de deshacerlos.

Rosa veía a Lorea como un rizoma al que enseñar todo lo bueno que conocía y ocultar todo lo que consideraba oscuro.

En su décimo cumpleaños, Lorea pidió como regalo conocer a su padre. Recibió una caja llena de bolsitas con semillas.

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Como las plantas, cada una creció a su manera.

Rosa cambió el miedo a la soledad por el miedo a envejecer. No tenía tiempo de encontrar a nadie antes de que las canas y las arrugas fueran
todavía más evidentes. Lorea floreció. Era una adolescente guapa, impulsiva y aburrida de su vida. Quería vivir en la ciudad aunque eso
supusiera que su madre fuera abandonada por segunda vez.

El día de su vigésimo cumpleaños Lorea hizo las maletas y se trasladó a una pequeña buhardilla del casco viejo de Iruña, sin ascensor, sin tele y
casi sin dormitorio. Rosa no lloró ese día.

A Lorea no le iba mal. Trabajaba en un bar. Trabajaba mucho. También bebía y se drogaba. Encadenaba trabajo con salidas nocturnas junto a su grupo de amigos. Nunca tuvo amigas. Se tiñó el pelo, rubia con mechones de colores. Vestía ropa ajustada y plataformas. “Así soy yo verdaderamente”, se decía.

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Lorea castigó su cuerpo hasta agotarse. Al mirarse en el espejo pensaba en lo rápido que pasaba el tiempo.

Antes, cuando vivía en el pueblo, veía cómo los minutos eran eternos. Se acordó de cómo su madre y ella observaban las plantas. No crecían
a simple vista pero iban cambiando con las estaciones. Pensaba que si estuviese allá, con sus nuevos ojos, vería todo florecer y marchitarse en
segundos.

El día de su 25 cumpleaños, se regaló un cambio de vida. Dejó el bar y se puso a trabajar en una tienda de ropa. Los fines de semana los pasaba
pensando en todo lo que se estaba perdiendo. Se había impuesto un castigo quizá demasiado grande.

La vida cambió de ritmo y volvió a poner flores en la mesa del comedor. Comenzó a pasar los días sola. Su casa, la tienda y la biblioteca.

En la biblioteca había un cuartito de préstamo pequeño y oscuro. En el mostrador una mujer con el pelo rizado y decolorado por algún experimento
casero atendía por las tardes. Lorea pasaba allí horas y horas observándola. También le gustaba rebuscar entre las fichas del viejo casillero de
madera y ver el pequeño ascensor de madera que subía vacío y bajaba siempre lleno. Lorea cogía libros y los devolvía siempre con flores secas en su interior.

30

El día que cumplió 30 fue despedida de la tienda de ropa. Con los años había conseguido tener jornada completa y ser encargada, pero, con la
apertura de los centros comerciales, las ventas habían caído en picado.
Los dueños estimaron una indemnización para las trabajadoras y las
mandaron a casa ese mismo día.

La habitual celebración con su madre fue incómoda. Lorea no podía más que encogerse de hombros ante las preguntas sobre su futuro. Los
días siguientes tuvo lo que ella llamaba resaca emocional y que consistía en tabletas de chocolate, botellas de vino tinto y no levantarse del sofá.

Los 30 habían empezado fuerte y no había ningún plan para sobrevivirlos. A la inestabilidad laboral se unió la incertidumbre de nunca llegar a ser nada.
Siguió dando tumbos, de objetivo en objetivo, salvando los meses como pudo hasta que comenzó a trabajar en una sala de conciertos.
Sin darse cuenta, se fue convirtiendo en alguien imprescindible.

Dejaba su sello personal allí por donde pasaba.
Debía ser la única sala que tenía jarrones con margaritas amarillas cada vez que abría las puertas.

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Se le había olvidado el amor. En todos esos años, no se había permitido relaciones serias. No había pensando en buscar a alguien porque ya se valía
sola. Por su cabeza no pasaba el tener ni pareja ni hijos.

No quería que nadie le trajese flores, ella quería su propio jardín. Cultivaba, regaba y abonaba su trabajo.

Aunque su intuición le decía que no era el momento, el día de su 35 cumpleaños, volvió a pedir desenterrar secretos. El único regalo que
Rosa le hizo fue un ramo de girasoles.

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Cada capítulo de su historia era una oportunidad de cambio. Lorea empezó a ser consciente de su edad. ¿Y los logros?¿Y este vacío que tengo?¿Y
qué haré a partir de ahora?. Demasiadas preguntas sin respuesta.

El día de la celebración no quiso nada ostentoso.
Arregló el piso un poco y compró un ramo de lirios rosas. Preparó un asado para dos. Su madre se presentó puntual a la comida, traía un Malbec
argentino. En la botella había pegado un sobre con una nota: “Feliz cumpleaños, hija.” Intrigada, Lorea cogió el sobre y lo abrió.

Dentro había una rosa seca, los pedazos rotos y mal pegados de una carta y una foto en la que salía su madre junto a un chico, ambos muy
jóvenes, en un concierto de fiestas del pueblo.
Rosa lloró y le contó todo. Lorea pensó en que, de haberlo sabido años antes, su vida habría sido la misma.

“¿En serio este tío era mi padre?”

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